Suplemento dominical
Entrega especial en la prensa del corazón
Querido John,
Acabo de cumplir treinta años, y me palpita el corazón más fuerte que nunca.
Cuando mis congéneres y yo éramos adolescentes, recuerdo que dibujábamos, entre otras cosas no tan evocadoras y sutiles, corazones en las esquinas de los cuadernos, en los mensajes a las chicas y chicos del grupo A, en grafitis del muro personal de nuestros lamentos y nuestras carpetas. Los más profanos hacíamos el corazón de forma adaptada. El clásico cono con barriguitas encima. La versión vernácula y vulgar. Algún individuo de pulsiones artísticas se animaba con la masa informe que uno ve en las anatomías, los Greys y las carnicerías.
No sé usted, Keating, pero nosotros como adolescentes no teníamos idea alguna de lo que un corazón ha venido representando en el acervo y la tradición literarios. Más bien, nos hacíamos partícipes del imaginario colectivo y lo engrosábamos a base de dibujitos, de notas, de frases de estado. O de nick. A eso me refiero con que a los treinta me palpita más que nunca. Le sigo hablando del corazón, por cierto. Y es que me ha llevado tres décadas empezar a sondar este simbolismo, uno tan popular que diría que incluso es la gran metáfora de la historia del mundo. Usted me corregirá si me equivoco, John, pero… El corazón. Atemporal. Intercultural. Mundial. Universal.
A los treinta por fin sé que el corazón fue elegido como órgano vertebrador de toda la poesía porque un tiempo atrás fue elegido como órgano vertebrador de nuestras funciones vitales. Cuando falla el corazón, no hay salvación posible en el quirófano. Cuando falla el corazón, se acaba la poesía también. Por fin sé que hay cosas que llevo toda la vida relacionando con el corazón que resultaron estar más relacionados con otros órganos como el cerebro o la piel. Cosas que siempre asocié al corazón, John, y están asociadas, en un dramático giro de los acontecimientos, a la química. Dicotomías mente-corazón que han quedado totalmente derrumbadas en mi interior, ya que, aunque se peleaban ferozmente, se iban a tomar cañas al bajar del cuadrilátero, como Hulk Hogan y sus compañeros de trabajo de Wrestlemania.
A mí me presentaron siempre, Keating, que o bien seguía a mi mente o bien a mi corazón. He tardado treinta años en soplar este castillo de naipes. Ahora sé, como supongo que usted ya sabía desde siempre, que el corazón es el asiento de ciertas pasiones y sentimientos, pero que también alude a las facultades mentales, al raciocinio. Ahora ya sé que uno puede domar su indómito corazón y, que si se lo curra bastante, puede llevarlo por bandera en esta carrera por el mundo, en esta carrera por la vida. Ahora sé que el corazón puede ser ligeramente más fiable de lo que yo he estado siempre asumiendo, siempre y cuando uno lo lleve todos los meses al taller.
Pero más importante aun, John: he entendido que en nuestro corazón, en el suyo de usted y en el mío de mí, cerca del ventrículo de las pasiones, cerca de donde la aorta lleva las febriles emociones por el cuerpo y cerca de donde la cava trae a este lustroso emplazamiento las guerras con sus victorias y sus derrotas, los enamoramientos con sus éxtasis y sus debacles; cerca de todo ello está, en una sala de máquinas, el asiento de las motivaciones. Allí, un pequeño maquinista con bigote echa carbón de manera incesante a la pregunta última de todas nuestras rutinarias acciones, esa a la que uno se puede retrotraer en un ejercicio de porqués encadenados marcha atrás. He entendido por fin, querido Keating, que cuando uno quiere mimar sus pensamientos, cuidar sus rutinas, dejar de fumar, dejar Tik Tok o dejar de guardar rencor, no puede arreglárselas solo con videos motivacionales, con lecturas inspiradoras, con poderosos y vivos ejemplos de superación, ni con ninguna de todas las interesantes maneras de excitar las emociones humanas que yo siempre había asociado al corazón vernáculo, al de las barriguitas arriba. No.
Uno tiene que sentarse solo en casa y llorar un rato. Un buen rato, por lo menos 30 minutos. Y después uno tiene que bajar a la sala de máquinas a preguntarle al del bigote por qué. Uno tiene que llevar a cabo, John, un auténtico trabajo orfebrería y habilidad. Uno tiene que activar toda su mente, toda su inteligencia, toda su lectoescritura (esta palabra me da cringe1), todo su análisis crítico y su comprensión lectora, su inteligencia espacial y visual… ¡Sí, carajo! Todas esas cosas que nunca estuvieron para mí en el ámbito del corazón y que parecen ser elementos integrales. Y luego… luego uno tiene que bajar todas esas cajas llenas de información allí abajo, a la sala de máquinas. Y tirarse semanas, y más semanas; y meses y puede que años, preguntándole al maquinista por qué.
John, no sé si sabía usted esto, pero si no, yo se lo cuento: no estamos determinados. Podemos cambiar totalmente nuestro corazón, podemos remodelarlo y renovarlo. Tenga en cuenta, no obstante, un último apunte. Yo le dije que por fin entiendo qué realidades físicas y metafísicas componen eso que llamamos corazón. Y le dije que me ha llevado treinta años. Pero le confieso que todavía no soy muy hábil en eso de renovarlo. Estoy encontrando todavía el camino a la sala de máquinas, a ver qué me cuenta el bigotes. Y en realidad estoy cansado de oír que la vida es corta, porque en realidad solo lo es para aquellos que no se embarcan en interminables viajes al centro de su corazón. Para los que no se alistan en las marinas de las motivaciones. Esa peña son auténticos navy seals.
Por cierto, quizá todo esto no me lleve solo treinta años. Sospecho que me va a llevar mil.
Le espero allí, John.
Siempre suyo,
Miguelo.

La palabra cinge me da un poco de cringe también. Además me gusta pronunciarla a la española.



Qué agradable ha sido la lectura de este artículo
Estoy de acuerdo con Fredo, muy agradable leerlo y muy bonito, profundo y relajante lo que dices. Un besito sobrino.